Libros

Discurso de Caterina: Leido en la presentación del libro “Me gusta más cuando la sueño”Caterina

Hola, soy Caterina Moretti. Le cuento a todos los que están presentes que dejen a sus niños en escuelas que tengan inclusión, para que tengan oportunidades de aprender igual que todo el resto de las personas.

Les cuento que voy en Tercero Medio B del colegio Institución Teresiana, que tiene la inclusión, y me han acompañado mi familia, los profesores, la directora y los especialistas que han creído en mí y en los demás jóvenes con capacidades diferentes. Como les contaba, soy una niña con Síndrome de Down, que tiene 17 años y pronto va a salir del colegio. Por eso, necesito que abran puertas en los institutos y en universidades, también para personas con Síndrome de Down.

Yo opino que tienen que abrir todas las puertas a todas las personas con Síndrome de Down, para que salgan a vivir su mundo, para que estén conectados con todo lo que sucede en este planeta.

Quisiera hablarles especialmente a los padres con bebés con Síndrome de Down, y decirles que sus hijos no son angelitos, sino que son personas como cualquier chileno de corazón. Ojala que este día sirva para que se reconozca nuestra existencia en Chile y en todo el mundo, como personas capaces de aprender, pero también de enseñar.

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LA MANO EN EL METRO


Reinaldo Edmundo MarchantPor Reinaldo E. Marchant

Aquellas cosas bellas, que sólo de vez en cuando nos ocurren jamás tienen la explicación lógica que tanto gusta rastrear a los teóricos. Aquella hoja que cae, una paloma abstraída contemplando las aguas, o la simple brisa de una mañana luminosa, surgen súbitamente en el norte de nuestra vida y pocas veces se sabe las razones por las cuales han aparecido. Ayer mismo, hacia el atardecer, divisé a un zorzal subiendo y bajando a la manera de un aeroplano, como despidiendo con picardía a unos cielos naranjos. Me quedé serenamente con la imagen, sin rastrear el origen extraordinario de esa  metáfora.

Digo esto porque, a propósito de mi novela “Me gusta más cuando la sueño”, me han preguntado en estos últimos días cómo fue eso de escribir un libro cuyo protagonista y narrador es un joven down. Una respuesta rápida y honesta sería decir: lo ignoro. Sí puedo contar un hecho feliz que me ocurrió ya hace tiempo, y que quizá responda esa inquietud.

Sucedió en un repleto vagón del metro, cuando de pronto sentí una mano muy cálida en mi hombro. Al voltear la vista, encontré casi topando con mis ojos un rostro dulce, lleno de sonrisas, que saludaba con una amistad larga y amable. El dueño de ese tesoro humano era un joven down, que iba acompañado por su madre. Su presencia me generó el olvido del hacinamiento e incomodidades de los fatídicos trayectos matutinos. Antes de descender, a modo de gratitud, le pregunté por su nombre y contestó claramente: Peter. Extendió su mano despidiéndome y luego señaló estas palabras:

   -Hasta la vista, amigo…

No me dijo adiós, sino “hasta la vista”.

Ese pequeño como fugaz encuentro con Peter resultó una experiencia insuperable, que mantuve en mis sentidos durante varios días.

Tiempo después, corrigiendo los primeros borradores de esta novela, me percaté con emoción de una situación que aún en mis mejores momentos de lucidez hubiera imaginado: el personaje que relataba la historia de este libro era justamente  Peter. Lo hacía con su voz, características, compartiendo soberanamente el silencio de su geografía íntima, con un timbre de hechura que yo desconocía.

Todavía más, a fuerza de no ocultar nada, me percaté que el nombre del personaje central era él mismo, Peter.

De ahí en adelante hicimos una entrañable amistad.

Ya no estaba solo en un rincón creando un libro. Me acompañaba en ese áspero camino Peter. Lo hicimos durante tres años. Recorriendo el Parque Forestal, contemplando las orillas del río, divagando en las aves de mil colores que batían sus alas en los azulinos cielos. Me levantaba y acostaba con él. A menudo era mi maestro, enseñándome aspectos y temas del mundo que nunca me había planteado.

Hasta que súbitamente esa historia en común terminó. Y volví a sentir su mano en la espalda, a modo de consuelo. Vino el duelo literario. El tener que adaptarse a no conversar con aquel amigo perfecto.  Se retiró calladamente. Así como suelen hacerlo los seres de islas encantadas.

Este es el libro de Peter. Todo le pertenece. Él me lo regaló. Se preocupó del título. Me invitó a conocer sus mundos, territorios que lanzó hacia fuera, con formas de dibujo y de huesos; caían de a uno, en perfecta hilera, yo simplemente los iba pegando en unas hojas blancas. Apenas en un asunto personal puso énfasis, y lo dice al comienzo de la historia: “quedaré agradecido si descubren al hombre que se oculta en la montonera de colores”. No exigió más que aquello.

Jamás antes redacté a dúo con alguien. Con alguien de carne y huesos que ensoñaba en mi propio imaginario. Ahora que han pasado algunos años, puedo creer con exactitud  que aquella cálida mano que me animó en el vagón del metro, fue la misma que  vitalmente  recorrió incansable una veintena de cuadernos, que se llenaban de imágenes, flores, aves, sentimientos, que hacían pasar ríos, y descender a una luna menguante. Ahí vine a entender aquellas palabras que señaló esa primera vez: “hasta la vista, amigo…”.

Hoy sí a él puedo responder: ¡Gracias, Peter! Tuya es la obra, sólo fui  tu colaborador en esta maravillosa función!

(palabras del autor durante la presentación de la novela “Me gusta más cuando la sueño”).

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“Me gusta más cuando la sueño”Portada libro Reinaldo

de Reinaldo E. Marchant

“Novela sorprendente por su originalidad, pureza del idioma y atmósfera poética, que se desarrolla bajo una estructura impecable, armonía de estilo, belleza de argumento y calidad literaria.”

Así se presenta la  nueva novela de Reinaldo E. Marchant “Me gusta más cuando la sueño”, libro que será presentado próximamente en Santiago. Como su nombre ya lo anuncia, es una novela cuyo acontecer se mueve entre “la realidad y los sueños” y cuyos personajes están en permanente comunicación con los elementos dela naturaleza alrededor del ser humano, y esos seres imaginarios que conviven al interior de la propia persona. esto porque en el estilo de Marchant “predomina una profunda fantasía, una intensa intimidad y compromiso con los seres que respiran”

Editorial amanuense Chile saluda esta nueva creación y los invita a su lanzamiento, que se realizará el día 21 de marzo, a las 19:00 hrs. en Vitacura 2653, tercer piso (Salón auditorio, Cruz Roja) Metro Tobalaba, frente al Costanera Center.

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“Las manos del amor”, una historia de vida

Portada Las manos...

de Daniel Tobar

Es una novela que linda entre el testimonio, la ficción y la historia de vida. Es un cuadro social y humano, que tiene como protagonista a una mujer que lucha por hacer de su población un mejor lugar para vivir. La protagonista es la heroína anónima del pueblo, que con la energía de sus manos va sanando a esos enfermos del cuerpo y del alma y al mismo tiempo debe sobreponerse a sus propias carencias. Desde esta perspectiva se podría calificar como una novela de realismo social. Por sobre todo es una historia de amor que trasciende la propia necesidad de un amor de pareja; amor que se expresa en la preocupación por los demás; los enfermos, los alcohólicos y drogadictos, incluso a los perros vagabundos, a quienes ampara bajo sus manos y se propone sacarlos de la miseria. Verónica simboliza la lucha épica de muchas mujeres, que han volcado sus vidas al servicio de los demás, dando testimonio de un amor que se funda en el esfuerzo, la organización y la solidaridad,  y se realiza por sobre el interés personal. Esta novela nos invita a ampliar el significado de este valor humano y ampliar nuestra mirada sobre nuestra realidad.

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Pequeños Escritos para Grandes Lectores

“Tú eres el arco en el que tus hijos

Como flechas vivas son impulsados” 

(Khalil Gibrán,  El Profeta)

 de Amante Eledin Parraguez

A veces nos invaden prejuicios sobre la poesía. Pensamos que es un lenguaje difícil e in-entendible. Llegamos a pensar que los niños no son capaces de “entender” y asombrarse con la poesía, por eso se les niega interactuar con ella de manera más sostenida. Otras veces, tratando de “facilitarles la tarea”, se les proponen textos “fáciles”, con un vocabulario forzado y se les resta la posibilidad de un vocabulario más  fresco y profundo.

Los poemas están cargados de metáforas, de imágenes que invitan a jugar, a descubrir, a interpretar y proponer nuevas metáforas o imágenes. El lenguaje de la poesía es lúdico y a la vez, misterioso. Invita al juego y a la conquista. Por eso, la poesía es una gran posibilidad de compartir con nuestros hijos o nuestros alumnos, la idea de un mundo sencillo, profundo y que puede, con nuestra creatividad, hacerse mejor.

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 Daisy Bennett  “EL DIARIO OCULTO DE YENNI”

(Por Ariel Fernández)

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*Daisy Bennet: nacida en Antofagasta, Chile. En poesía ha publicado “Solo recuerdo”; “La paloma encendida”; “Vértigo”; “Los doce Apóstoles” y “Los escarabajos del silencio”.

  La literatura chilena desde María Luisa Bombal no había tenido otro referente con su profunda introspección del amor,  la soledad, el tiempo y la muerte. Ahora es Daisy Bennett quien se  confronta al entorno de una heredad sintomática, en un proceso difícil y audaz; en busca de su inalienable destino de ser.

La autora nos entrega una historia que se va construyendo a través del diario íntimo de una mujer, donde profundiza, con penetrante visión interior, esas verdades que quisiéramos decir, pero siempre ocultamos.  Es una novela de agudas interpretaciones y denuncias; de fervor creativo y poético; puede ser el clamor, el grito o el último encuentro, donde cada suceso es el testimonio irrefutable de una gran confesión que nos toca a todos, cuando queremos reafirmar la importancia de la vida individual, la responsabilidad intelectual y social.

 ¿Por qué el diario oculto de Jenni? La respuesta salta a la vista.  Todo diario es oculto porque se trata de la facultad de pensar el mundo que nos toca vivir. Cuando esto ocurre, toda la sociedad se triza, se descompone su doble vida,; la privada y la pública. ¿Quién soy, aquella que nos dieron con un lenguaje valórico, con máscaras inmóviles para enfrentar la vida? El pensar es algo inadmisible ante una sociedad estrictamente dogmática; sólo puede sentir lo que condiciona al ser ante el paraíso perdido. Que una mujer piense es algo fatídico para un mundo sostenido por un machismo nepótico, político y religioso. Y si una autora de fuerte carácter y de una trascendencia que va más allá de la palabra heredada, creando una corporeidad inédita en su lenguaje de connotaciones múltiples, se atreve a cruzar el gran desierto de los mercaderes de la palabra, prostituida en los grandes salones de las decisiones políticas, se expone a ser condenada. Al abrir las páginas de este libro,  nos hallamos frente a un proceso de profunda confidencia, a veces dicha a gritos y, en otras, como un susurro que registrar cada nota, cada emoción contenida, con una ternura desbordante de revelaciones interiores. Cada uno de sus personajes, y en especial Jenni, su protagonista,  nos va tomando de la mano como si fuéramos a re-encontrar lo perdido; esa suma de ideales que se consumen poco a poco, como si todo fuera a desaparecer, porque los límites de la convención tribal han arrasado, como grandes represas desbordadas, el sueño secular de los creadores de vida.  Siempre hubo un antes, y se sucedieron muchos antes, donde todo se repite incansablemente, como si fuera la consecuencia de un anatema originado en la creación fabular del paraíso perdido por culpa de Eva; la gran pecadora. Por eso “El diario oculto de Jenni” es penetrar al alma de toda mujer pensante y dolorosamente sublimada por el ideal de la superación.portada-daisy-bennett

Sus páginas invitan a desentrañar una ética del exilio existencial, aquello que determina en nosotros un impresionismo llevado a un espejo  de contradicciones que hay que rehacer en cada lectura, para unir los distintos trozos de destino en una kafeana indagación. Lo manifiesto en la protagonista es que nunca pierde su centro; es el lugar exacto, donde los que la conocieron y compartieron sus vivencias,  son quienes van a dar veracidad de cómo se quedó grabad en cada uno de ellos, esa constante bohemia entre el ser y la nada. Allí están Exe, Margarita, su confidente; Matías, Chiche y Michael, unidos por una comunidad de ideales que enfrentan la marginación de los que se atreven a organizar el mundo destruido por el hombre, que pretende hacerlo a su imagen y semejanza de sus afanes de dominio.

El ámbito donde Jenni, en medio de un mundo que rompe sus arterias, que la lleva, contrae y la limita,  es un suceso exasperante en su ansia de ser ella y no la sometida a la sociedad que la determina. Ella crea el mundo como esencia de madre universal, lo que le faltó a Eva, al ser originad desde una costilla y no del pensamiento de Adán, castrando así al hombre de su sueño erótico, transformándola en la gran pecadora hasta el día de hoy en los claustros tribales del dogma eclesial. Es la mujer dueña de su vida por derecho natura, tal como lo era antes de racionalizar su lenguaje en pecado original. El monólogo y el coloquio van ejerciendo en la lectura un ámbito confesional, donde las palabras van señalando las fracturas de una vida a través de silencios, metáforas y una resplandeciente valoración de crearse a imagen y semejanza, desde el principio de los principios. ¿Será eso la simulación del artista, el espejo lengüístico, donde Jenni quiere verse como la realidad mágica de su propia creación?  Es evidente que ella está muy aferrada a la realidad: su pasión por la escultura; lo impenetrable: darle vida a una piedra ¿No recuerda la búsqueda incesante de una expresión que simbolice aquello que no pertenece a su propia territorialidad existencial? La constante huida ¿Somos lo que somos o,  somos lo que queremos ser? Jenni nos confiesa aquello que ha perdido: “Uno es grande, perfecto, único, pero al nacer se destruye. Comienzan las emociones, los sentimientos, las pasiones; las sumas, las restas y divisiones, y pierdes toda esa pureza que traías de las galaxias” O la simbología abstracta de una identidad tan real como la historia, o tan fantástica como los basamentos de una ciudadanía inalterable: “¡Patria! ¿Para qué tanto terreno, tanta gente, tantas voces y leyes que me juzguen sin conocerme; para qué tanta nacionalidad bañándome en las axilas? Yo sólo quiero ser feliz y todo esto me sobra, está fuera de mi linterna mágica. Yo quiero crecer, pensar y ser sólo eso. ¿De qué me sirve la patria?  Soy un hueso de pie, buscando su atavío; lo demás a mi me sobra”.

 Jenni puede ser incluida  en aquello seres que rompen el sello de la razón, para penetrar se mundo natural donde la realidad está fuera del lenguaje. La realidad es una sinrazón, es libre y se evade del concepto que la define. ¿Por qué se sitúa en la angustia metafísica para conocer ese yo íntimo que la sostiene?

 Tal vez eso sea penetrar el corazón mismo de todo dogmatismo selectivo y testimoniar la realidad oculta que no queremos ver ni conceptualizar. Cuando esto sucede, el ser está desprovisto de “Inmunidad Diplomática.”. Así, desnuda en su libertad, Jenni es una representante valiente y audaz de su propia creación. No en vano se manifiesta en fragmentos de destino, así se percibe y se identifica holísticamente como la consubstanciación del planeta que la habita. Nos lanzará su confidencia más absoluta: “¡Auxilio! Me estoy pudriendo de soledad. Me quemo de soledad. Me ahogo en soledad. Me fumo la soledad. Bailo con la soledad. Me baño con la soledad. Me duermo en la soledad. Miro la ventana…estaba llena de chinitas, y florecían de soledad”. Se acerca a uno de los eslabones que la encadenan  a la desgarrante reflexión, cuando percibe en Emil Ciorán, el profundo abismo en que se precipita el filósofo rumano, quien afirma que  “La existencia es una vergüenza, una humillación sin posibilidad de recurso ni rescate”. Nada más explícito que señalar a Nietzche como el más esclarecedor basamento del pensamiento occidental, al comprender la grandeza trágica de la cultura; al afirmar que nadie “Nadie es responsable de existir, de estar constituido de uno u otro modo, de encontrarse en estas circunstancias, en este medio ambiente. La fatalida de su existencia no puede desvincularse de la fatalidad de todo lo que ha sido y de todo lo que será.  No es la consecuencia de una intensión que le sea propia, de una voluntad, de una finalidad,  no se ha intentado alcanzar con él un “ideal de hombre”  o un “ideal de felicidad” o de un “ideal de moralidad”, es absurdo tratar de encaminar su ser hacia un fin cualquiera. Ha sido el hombre quien ha inventado la idea de fin., pues en la realidad no hay finalidad; formamos parte del todo; somos en el todo; no hay nada que pueda jugar, medir, comparar, y condenar el todo…”

 Es el instante en que Jenni se enfrenta al muro metafísico de su propia identidad se ve a sí misma desde la visión escatológica de su propia revelación existencia: “Ayer llegué tardea casa; no pude entrar,  la llave estaba fría, no llegaba a su cerradura. Miré a través del vidrio y adentro, todo era nieve. La soledad había llenado mi casa y yo ya no cabía en ella. Al fin me acurruqué en la entrada, a plena intemperie. ¡Qué desolación!… La noche aullaba lamiendo los rincones del alma. De pronto me dí cuenta que la soledad era yo que no cabía en mi casa. Era el metal frío de mi esqueleto penetrando la sangre y, entonces, me tendí en la distancia protegiéndome los ojos para que no se me cayeran”.

 Daisy penetra con agudeza introspectiva los parámetros caracteriológicos, donde el pensar puede ser un efecto o una causa. Esa movilidad del pensar es lo que perturba y asombra ante el pseudo equilibrio impuesto por Jehová, el dios castigador, revelado como una política de estado omnipotente. Cuando la autora da a conocer el diario de vida de Jenni, no sólo surge la fragilidad de la tierra común que habitamos, esos falsos y elusivos cimientos donde se instituye la organización social, política, cultural, económica y religiosa de una civilización, sino también la acción para restituir el verticalismo del poder temporal, llámese emperador, dictador, tirano o restaurador; y lo más grave, cuando los poderes otorgados por el voto democrático, sobreviven apoyados por los enroques fácticos que prohijan la acción política de un selectivo maquiavelismo para someter a los pueblos.

 Jenni es la mujer que ha alcanzado sus derechos y que habla, no desde un Adán dueño de su destino, sino desde la propia Eva que piensa por ella como origen, siendo gestora de lo que denominamos el ser humano. Hablamos aquí de una antropología femenina con las consecuencias gravitantes de un testimonio fundacional de una nueva cultura sin fronteras. Ella afirma que “la tristeza vive adherida a mi piel y sostenida me engloba”. Son huellas fantasmagóricas de un instante, lo inevitable, la estrella que nos ilumina desaparecida hace millones de años luz. Y para corroborar el destino de Jenni, el gran filósofo alemán nos aclara: “El artista trágico no es u pesimista, afirma todo lo problemático y terrible, es dionisíaco”.

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*Ariel Fernández: Ensayista y poeta argentino-chileno. Ha publicado en Argentina sus libros “Improntos” (Poesía); “las entrelíneas en Alberto Hidalgo (Ensayo); “Lágrimas de pie” (Poesía). En Chile ha publicado: “Poetas chilenos de hoy (Antología); “Designio atávico” (Poesía); “Visión crítica de la poesía chilena” (Ensayo 1995, 2da edición 2001); “Los Andes Gabriela Mistral y mis Padres” (2005). ***

 “Las orillas de los ríos están llenas de murmullos”

De Reinaldo E. Marchant

Por Raúl Zurita

portada-libro-reinaldo1Las orillas del río están llenas de murmullos de Reinaldo Marchant, al contrario de lo que sucede con la inmensa mayoría de los textos literarios, constituye uno de esos escasos libros en que se ensaya el lenguaje de la felicidad. Esta serie de setenta y tantos relatos breves dialogan con una tradición más que milenaria cuya raíz se encuentra tanto en la antiguas fábulas como en el entramado de Las mil y una noches, y donde la presencia del realismo mágico, de lo real maravilloso o del realismo fantástico, empleando terminologías que se pusieron en boga durante el boom, están atravesados permanentemente por una experiencia de la cotidianeidad y de los paisajes que nos son familiares, plazas, parques, calles, que puede adscribirse, y para quienes gusten de las definiciones, a una suerte de surrealismo no programático sino existencial.

Así estos murmullos vuelven a resaltar dos atributos que finalmente son morales: el primero es el de la libertad. Es una libertad que se manifiesta antes que nada en la ruptura con los límites del realismo para indagar en aquellas zonas de nosotros mismos donde, como querían también los surrealistas, la vigilia y el sueño, la noche y el día, la vida y la muerte, dejan de ser percibidos como términos contradictorios. Pero también a diferencia del surrealismo ortodoxo, el otro atributo que privilegian estos murmullos es, la piedad. Se trata de una piedad hacia los seres humanos representados a menudo por personajes que viven en los márgenes y que la sociedad considera parias, pero que en el universo de Reinaldo Marchant representan la pureza, el consuelo y, de nuevo, la libertad. Se trata entonces de una singular inocencia donde los animales, por ejemplo, como la vaca en el relato “La vaca y él”, la mosca de “Se alquila, una oreja…” o los perros en “Murmullos en la mitad de la ciudad”, entre tantas otras narraciones igualmente remarcables, ocupan roles protagónicos en una complicidad con lo humano y cuyo origen en la narrativa se encuentra en la raíz misma de la escritura, sin ir más lejos recuérdese el papel de los monos en el Ramayana hindú o del caballo en el Aquiles homérico, pero que aquí ha adquirido un sesgo particular y a la vez inmediatamente reconocible: estos animales atraviesan la cotidianeidad, se hacen presente en escenarios que nos son en extremo familiares, porque se les ha encomendado el papel de ser alucinantes representaciones de la hermandad, de la solidaridad y, finalmente, de la libertad y del amor.

No podemos entonces dejar de leer este libro como una crítica a un modo de relacionarnos y a una pérdida generalizada, a un extravío monstruoso que nos lleva en el mejor de los casos a  relegar la inocencia, la virtud y la belleza, al diván de los trastos inservibles y, en el peor, a tomarlos como sinónimos de la afectación, de lo cursi y de la simplonería. Algo sucede con nuestras vidas, con nuestras vidas concretas, algo demasiado feroz, como para que se haya impuesto una exaltación de los espacios de la violencia, del mal y del daño. No se trata obviamente, de criticar a Kafka o a José Donoso, y por favor entiéndaseme bien, odiaría en este punto al menos ser malinterpretado, de lo que se trata es de mirar, pero mirar con dolor, con angustia, con remordimientos, la historia que nos ha llevado a Kafka o a Donoso. Quien admire a Roberto Bolaño no puede sino horrorizarse del mundo. Lo demás es simplemente frivolidad, literature. Pero es precisamente ese el nudo central que ponen de manifiesto los relatos de Marchant; sus personajes son entrañables porque aunque perfectamente ellos podrían ser cada uno de nosotros, ellos, también a diferencia de nosotros, siempre al final nos están hablando de una experiencia de la dicha.

Me ha parecido que ese es el aporte de este libro esperanzado. Leerlo nos devuelve a una infancia que probablemente no existió nunca, pero a la que paradójicamente volvemos cuando hablamos solos, cuando murmuramos en sueños, cuando cruzamos una calle sin fijarnos en las luces del semáforo. Quiero apostar a que en esos momentos somos ángeles y que luego al volver caemos abruptamente en el desvelo de habitar nuestros cuerpos imperfectos, nuestras pasiones imperfectas, nuestra irremediable vejez y muerte. Pero no nos engañemos, ser ángeles, aunque sea por un minuto, es en extremo peligroso, puedes ser arrollado por un automóvil o atravesar los límites de la locura. Leer Las orillas del río están llenas de murmullos de Reinaldo Marchant también puede ser un ejercicio peligroso; su ensayo de la felicidad es también el relato de nuestra desgracia.

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