ELOGIO AL POETA Y BANDOLERO

Reinaldo E. MarchantPortada Volpe

Fue un poeta original: no se sabe de otro bardo que en tiempo de dictadura llevara al cinto un revólver. Con ese vozarrón cascado por el humo sempiterno de cigarrillos fuertes, no tenía empacho en desafiar al fascismo imperante, decía, y echaba mano al arma como una valiente demostración de osadía

Enrique Volpe Mossotti ha sido uno de los poetas más delirantes que dio la historia de Chile. Alto y macizo como un plátano oriental, con ese acento de italiano de verdad, de piamontino genuino, los cigarrillos que nunca extinguía y los parlamentos infinitos, retrataban a un fanático conversador de dos temas infaltables: poesía y bandoleros, en ese orden.

Volpe pasará a la eternidad literaria por su indiscutida calidad de vate y por haber frecuentado los más febriles boliches bohemios, sin probar una pequeña copa de buen mosto,  virtud que lo convierte en el campeón abstemio que superó la dañina insistencia de los viciosos.

Había que prepararse para charlar con él. La mezcla de ficción y realidad florecían en los manteles de la mesa. Y los cañones, las balas, esas increíbles historias en parcelas febrilmente soñadas, resultaban un festín para la fantasía cuando se recibían con hálito de ebrio. Costaba aguantarlo sano y cuerdo.  Tanta bala y ruidos, crispaban los nervios.

Como nadie supo manejar a esos grupos achispados y enfiestados, que ya no razonaban hacia el atardecer por el aturdimiento de las cepas maulinas, y mientras los comensales – escritores todos-se daban cabezazos en las cubiertas de las mesas, sin soltar, naturalmente,  los vasos con brebaje, él continuaba con narraciones inauditas de pumas, animales peligrosos, yerbateros, brujos, arrieros y bandoleros, que amenazaban el ganado en una tierra fértil cuya geografía estaba en su imaginario desbordante.

Afirmaba que dormía con un arma de fuego todas las noches, la que tenía a modo de peluche debajo de la almohada. La pistola era pequeña, con culata de nácar, y de día también la llevaba presta a desenvainar: era época de salteadores en los campos, y además las brujas hacían de las suyas. Eso comentaba.

Enrique Volpe se avecindó en Chile desde los diez años. Provenía de una ciudad italiana que tampoco jamás quedó esclarecida. La mejor manera de confirmar su ciudadanía europea era voceando ese acento siciliano que lo convirtió en una característica que aún se recuerda.

Tenía motivos para hablar de pájaros, animales y cuatreros: se dedicó a la vida campestre. Alucinaba con facinerosos y malhechores de ganado. En su novela “Responso para un bandolero”, este autor vertió todo el conocimiento y experiencia de la montaña, terruños, ríos, leyendas, arrieros, delincuentes rurales, que desfilan a través de las páginas casi como su alter ego.

Fue un poeta original: no se sabe de otro bardo que en tiempo de dictadura llevara al cinto un revólver. Con ese vozarrón cascado por el humo sempiterno de cigarrillos fuertes, no tenía empacho en desafiar al fascismo imperante, decía, y echaba mano al arma como una valiente

demostración de osadía.

Pletórico de gestas y epopeyas, compartía sus andanzas y ensueños en veintenas de tabernas y lagares, cristalizando amistad con criollos yantares, parroquianos taciturnos y habitantes embebecidos por su oratoria y la chicha que salpicaba de las garrafas. 

Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Juvencio Valle, Armando Uribe, Oreste Plath, y  un largo etcétera de artistas se convirtieron en amistades y auditorio frecuentes, que oían con agrado al aedo de historias orilleras, y lo hacían no sólo por su incansable lengua, sino por el talento que demostró en su extraordinario libro “Crónica del Adelantado”, un precioso texto poético referido a Diego de Almagro, a su gesta y personal malaventura.

Este poemario recibió en los años noventa una singular y merecida acogida de la crítica que entonces existía, y el Ministerio de Educación lo declaró libro de interés educacional.

Con una prosa poética de alto estilo y forma, Volpe narra la vida y andanzas del descubridor de Chile, sin gloria, develando esa combinación de la ferocidad, lealtad con traición, ambición extrema y obediencia al Rey. Quien cuenta los hechos es precisamente Diego de Almagro, en la gran empresa de conquistar tierra y pertenencias ajenas.

Nadie, hasta esa fecha y hasta ahora, logró poetizar con singular talento una buena parte de la historia patria. Volpe lo hizo, empalideciendo a muchos connotados poetas de la época, y deslumbrando a quienes desconocían esa fuerza descomunal de conocimiento que cohabitaba con las gestas campesinas.

En un momento clave de este vuelo lírico aparecen comprimidas las realidades del cielo y la tierra, la vida y la muerte, la tragedia del hombre y el consuelo de  las explicaciones Universales, momento de fino paladar para la garganta más estrecha.

Sin embargo, el libro contiene otros destellos brillantes, máxime cuando don Diego de Almagro habla desde el purgatorio y no en los infiernos como hubiera deseado algún enemigo.  Volpe, tuvo piedad de él y de todos quienes ultrajaron ciudades extrañas.

“Crónicas del adelantado”, publicado por ediciones universitaria en 1990, es considerado por  quienes aman, estudian y conocen de lírica, como uno de los textos poéticos más bellos que se hayan escrito en Chile.

Fallecido precozmente a los cincuenta y cinco años (2002), la formidable estampa de Enrique Volpe no ha pasado al olvido. Si bien se fue en silencio a sus pagos celestiales, sin homenaje ni reconocimiento  alguno, todavía en la barra de un boliche nocturno,  algún sobreviviente y buen samaritano  alza la copa de la vid en su memoria, saluda al poeta y se deja llevar por las encendidas llamas de sus relatos.

El gran poeta, sigue armado hasta los dientes.

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